lunes, 18 de febrero de 2013

Overpromising*

*Término muy utilizado por uno de mis clientes consistente en vender un producto con unas expectativas que en realidad, nunca llegará a cumplir.
Eso es exactamente lo que sentí la semana pasada al descargar una de las aplicaciones para smartphone más esperadas de los últimos tiempos: Mailbox.
La app se vende en su página web con el lema Put email in its place (Poniendo el e-mail en su lugar). Solo con esto ya parece que va a revolucionar totalmente la lectura del correo electrónico, pero había algo más que la hacía especial. Una vez descargada no permitía usarla directamente, sino que comenzaba una cuenta atrás. Esto, según la propia compañía, respondía a la masiva solicitud de descargas: "La demanda ha sido increíble y para poder dar una buena experiencia estamos funcionando con un sistema de reservas", explican en su página web.
A partir de ahí comenzaba una interminable cuenta atrás desde... ¡¡¡700.000 personas!!!! que se venía reflejada en la pantalla de mi móvil. Mis ganas de probar la aplicación y descubrir la revolución que significaba para mi correo electrónico y para mi vida crecían a medida que la cuenta atrás bajaba poco a poco.
Una semana fue el tiempo que tuve que estar mirando la pantalla de mi móvil mientras la cifra decrecía de una forma que parecía ser eterna. Cuando tan solo quedaban 5.000 por delante de mi, me sentí un privilegiado. ¡Estaba a punto de probar algo único y por detrás de mi quedaban todavía 400.000 personas que iban a tardar más que yo en entrar en la élite!
Al final, la cuenta atrás terminó, y Mailbox se abrió ante mis ojos como un nuevo cliente de correo electrónico que prometía revolucionar mi vida entera. Ahí es cuando entra en juego el título de mi post: prometía demasiado y al final se queda en una aplicación más.
Mailbox ha terminado donde terminan las aplicaciones que no uso: borrada. Solamente ha servido para entretenerme durante una semana mirando en la pantalla una inútil cuenta atrás.

viernes, 15 de febrero de 2013

Ellos te dicen qué comprar

Y tú que creías que eras libre para comprar cuando quisieras y lo que quisieras... No sabes lo equivocado que estabas. Creías que tenías que comprarte un teléfono nuevo, cuando en realidad, Apple te estaba obligando a comprar un iPhone. Creías que tu televisión estaba vieja cuando en realidad, Samsung te estaba contando que debías comprarte una SmartTV. Creías que ya no podías leer libros de papel, cuando Amazon te vendía su Kindle.
El mundo de la tecnología funciona, como tantos otros, por modas. Miles de ejemplos demuestran que la sociedad te convence de que realmente necesitas algo de lo que, en realidad, puedes prescindir totalmente.
Hubo una época en la que todo el mundo se instalaba en su casa, junto a la tele, un home cinema. ¿Realmente le dieron el uso que merecía? O la moda en la que todo el mundo se instalaba una antena parabólica en casa (cuando en España solo existían dos canales), para ver teles internacionales, ¡pero no sabíamos inglés!
Esta moda se puede trasladar también a la actualidad, con todos aquellos que se compran un smartphone con el único objetivo de llamar y recibir llamadas o con el elevado número de cámaras reflex que se venden hoy en día: ¿realmente tanto sabe la gente de fotografía?
En el fondo, todos compramos lo que nos dicen las multinacionales que compremos. Y esas empresas que nos lo dicen, también funcionan por las mismas modas: una de ellas decide que lo próximo va a ser un calcetín con 3G y todas las demás se lanzan a fabricar medias.
Ahora parece que le toca el turno a los relojes. Alguien ha visto que ya no consultábamos la hora en la muñeca, sino que sacábamos el móvil del bolsillo para hacerlo, y ha decidido que cambiemos todos de hábitos mediante un reloj que, por supuesto, está conectado a Internet. Y ahí van todos los demás, a fabricar el mismo dispositivo pero, y nunca mejor dicho, con distinta pulsera.
Y, ¿sabéis qué es lo peor? Que acabaremos todos comprándolo.